viernes 16 de mayo de 2008

Moderados y radicales

Estamos cansados de oírlo. Si Lasalle, Camacho, Soria, Feijoo, Gallardón, Rajoy... son los moderados, significa que María San Gil es de los... ¿radicales? Estos señores se repantingan en sus poltronas mientras otros plantan cara al nacionalismo en sus mismas fauces. Pero no sólo eso. Los medios afines, en los que se sustentan las antiguas baronías peperas, se dedican a aporrear a la presidenta del PP vasco, no porque no estén de acuerdo con ella, sino porque representa una amenaza para los intereses políticos de su amo y señor. Léase, por ejemplo, Francisco Camps Ortiz.

Titulan dos periódicos regionales de la Comunidad Valenciana, como dos gotas de agua, que María San Gil recibió una llamada de Aznar antes de dar el plantón a Rajoy en la lectura de la ponencia política que había redactado. Ya ponen de por medio a Aznar, que es el prototipo del mal. Usan los mismos argumentos propagandísticos que la progresía. Que hay contubernio del ala dura frente a los moderados dispuestos a discutir el concepto de nación. Que los radicales se juntan, prisioneros de viles intereses personales, frente a la sensatez de los pacíficos, que no tienen ambición y sólo quieren lo mejor para España, o sea, que no suba más el precio de la luz y que los ciudadanos contemplen una escena de unidad ante la barbarie etarra. Sin remordimiento.

Todo muy decente, si no fuera porque Rodríguez Zapatero nunca ha pedido perdón, ni reconoce haberse equivocado, sino que ha adoptado dos posturas contrarias y en ambas ocasiones tenía razón. Como presidente estaba obligado a hacerlo, recuerden. Rajoy, en cambio, es el que regresa al consenso, a la unidad de los demócratas, a manifestar comprensión hacia los nacionalismos moderados, que ahora no son precisamente tan moderados, pero quizás mañana lo sean un poquito o estén menos lúcidos en sus arrebatos de cinismo. Mala forma de honrar la memoria de un guardia civil asesinado, que murió cumpliendo su deber mientras los políticos moderados eluden su responsabilidad de expulsar a los nacionalistas radicales de las instituciones democráticas, mientras los radicales han olvidado su labor de oposición porque están enfrentándose a la crisis interna de su partido. Quisiéramos saber qué pasará cuando el viento se lleve sus palabras.

Las palabras de todos, porque no debemos olvidar que las personas a las que hemos votado nos representan y debemos someter al control de la crítica. Y si ya habíamos perdido la batalla de no dividir el mundo entre izquierdas y derechas, ahora usan la etiqueta propagandística no menos confusa de moderados y radicales. Si es que eso de los principios era un cuento. Lástima que haya acabado tan pronto. Ojalá que quienes dicen defenderlos los defiendan de verdad.

3 cartas al director:

Álvaro Ortega dijo...

dice Vd. verdades como templos.
Enhorabuena por su artículo.
Visite mi blog que he puesto algo sobre Lassalle y San Gil.
Un Saludo.
http://apoyoalpp.blogspot.com

Persio dijo...

Y sin embargo, resulta escasamente moderado sumarse a este proyecto parcelador de España.

Iam dijo...

El pecado capital de la aristocracia pepera es pensar que la vanidad de poder no está subordinada a los intereses de aquellos que depositan su confianza en las urnas, que no son otros que los principios sobre los que debería arraigar un partido, por encima de las personas y de las cosas. Ahora el PP está en manos de una oligarquía, es decir, de unos pocos que hacen y deshacen, quitan y ponen en función de la oportuna cotización del voto, de esa necesaria y simpática seducción, de ese show de chistera que se hace imprescindible para que el predestinado pueda alcanzar el nirvana, ese estado de gozo que aplaque el sufrimiento que el anunciado lleva soportando ya durante varios años. En la catarsis se delata que el PP no es un partido, es un club de aristócratas mediocres que ahora nadie da un duro por él, y todo por no haber sabido aprovechar el tiempo para construir el edificio sobre sólidos principios que aunaran a simpatizantes y afiliados, y por no haber sabido articular desde las juntas locales la mecánica necesaria que permita la llegada de la democracia por primera vez a un partido en este país. Nada será igual si no hay cambios, yo desde luego no pienso avalar a sorayos y sorayas, graciosos equilibristas que no parecen garantizar aquello por lo que dejé mi voto en las urnas, esas razones crispantes tan propias de una oposición solvente y razonable.