viernes 3 de julio de 2009
domingo 21 de junio de 2009
Terrorismo y opinión pública
El primer asesinato de ETA desde que Patxi López es presidente del País Vasco se ha convertido en la primera prueba de fuego. La condena unánime del Parlamento Vasco y el reconocimiento público del inspector de Policía, Eduardo Puelles, como “uno de los nuestros” han servido para escenificar algo a lo que la sociedad española está muy acostumbrada; a contemplar la evidencia del cambio a través de los símbolos y las declaraciones institucionales. Aunque no es baladí que los nuevos representantes políticos intenten desprenderse de la retórica peneuvista y el discurso acomplejado de la negociación, no es esa sin embargo la única misión que les está encomendada.
Sólo funciona una respuesta política ante un atentado político. Y es que nuestros gobernantes, en los momentos más duros, animen a los hombres a deshacerse del temor que los paraliza. Y que los ciudadanos, durante tanto tiempo anestesiados con la idea de que ETA no ha de terminar nunca, dejen de dudar por un momento de quiénes son los únicos culpables y cuál es la única respuesta que debe dárseles. En otro tiempo, ante el secuestro y postrer asesinato de Miguel Ángel Blanco, la sociedad española comprendió por unos momentos que quienes fueron capaces de cometer tamaña crueldad no se conformarían con la independencia. Que podía haberle sucedido a cualquiera de nosotros. Y que sólo quedaban dos soluciones: o rendirnos, o exigirle a los representantes políticos que tratasen de erradicarlos cuanto antes. Pero con el tiempo aquella repulsa fue diluyéndose hasta que, bajo el Gobierno de Zapatero, se nos vendió que la única forma de acabar con ETA era la negociación y Patxi López, entonces en la oposición, se mostraba partidario de dialogar con los asesinos.
Decía Ronald Reagan que para que el mal triunfe sólo es necesario que los buenos no hagan nada. Y ese es, en efecto, el mayor peligro ante el que nos enfrentamos los españoles. A que nos acostumbremos a que la débil ETA, cada cierto tiempo, asesine a un ciudadano para demostrar que sigue viva y todo acabe perdiéndose en el olvido. A que socialistas y populares, en posición tan delicada, se muestren incapaces de deshacer una maquinaria que lleva funcionando más de treinta años y que se asienta sobre el terror y la condescendencia con los asesinos.
Ahora sería el momento, si acaso hemos comprendido algo del tan recordado espíritu de Ermua, de que los terroristas y quienes los defienden se sientan acorralados. De que la sociedad empiece a desprenderse del síndrome de Estocolmo. Y de que esa red mafiosa, que hasta ahora se había convertido en una institución, se encuentre con el desprecio absoluto de los vecinos como de los representantes políticos. La pregunta es ahora si el Gobierno vasco, teniendo en sus manos el control de la Ertzantza, la Educación o la televisión pública, será capaz de cambiar las estructuras del pasado y rescatar esa valentía que brotó de circunstancias tan horrorosas. O si aún teniendo todas las armas de nuestro lado, al carecer de suficiente solidez democrática, los gobernantes acabarán asumiendo, en definitiva, que el nacionalismo excluyente es la voz de la opinión pública y que la opinión pública está por encima de los derechos de los ciudadanos.
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Etiquetas: ETA, País Vasco
viernes 19 de junio de 2009
martes 16 de junio de 2009
Democracia fraudulenta no es democracia

La realidad desmiente por sí misma la pamema electoral que se ha celebrado en Irán. Como nos hemos hartado de oír en las últimas semanas, las candidaturas a la presidencia de Irán están supervisadas por el Consejo de Guardianes, del que forman parte seis «juristas laicos» y «seis juristas islámicos». Este Consejo, presidido por el Líder Supremo, Alí Jamenei, cuida además de que ninguna línea política del Parlamento se aparte de la ortodoxia de la revolución y no se puede llevar a cabo ninguna política ilusoriamente considerada reformista. Ellos mismos se ocupan de paralizarla, o como sucedió en las elecciones que dieron la victoria a Ahmadineyad, boicotearla directamente para que gobierne quienes ellos quieren que gobierne. Como Alí Jamenei, además de ser Jefe de Estado, establece la política exterior y de seguridad nacional, no podía creerse que, incluso de haber ganado Mir Husein Musavi, Irán fuese a vivir ningún cambio político.
Que en un momento dado se permita que se presenten candidatos bien cotizados en el régimen, aún con el apoyo de los reformistas, no significa que se estén dando las condiciones para que el régimen pueda cambiar. Aun aceptando que se revise el resultado de las elecciones, como se ha hecho, el interés del régimen en que permanezca Ahmadineyad en el poder parecía obvio desde antes de que se celebraran las elecciones. Nada más conocerse el resultado, Jamenei ya instó a los rivales a asumir su derrota. Quizás eso explique unas denuncias por fraude que, por supuesto, no serán escuchadas.
Es vana la atención como la esperanza que se ha puesto en un proceso electoral cuyo único objeto es legitimar al régimen establecido y emplear los resultados electorales como arma arrojadiza contra las democracias occidentales. Muy mal ha quedado Barack Obama hablando de “vigoroso debate” entre los iraníes; una vez más, la uniformidad del régimen solapa toda suerte de democracia. Como espectáculo propagandístico, ha sido una magnífica demostración de que en los países islámicos también se celebran elecciones. Sin embargo, el boicot a la campaña reformista, el bloqueo de las redes sociales, el cierre de los colegios electorales en el extranjero antes de tiempo, los enfrentamientos entre partidarios de uno y otro candidato, las personas muertas en las manifestaciones, las decenas de detenidos o la suspensión de los permisos de entrada en las manifestaciones a los periodistas ponen de relieve que no se trata de un proceso electoral democrático, sino una película improvisada en la que los actores no siempre están en su sitio ni transmiten la imagen pacífica que quisieran dar.
Es, por tanto, necesario que los mandatarios políticos occidentales, los medios de comunicación y todos los que se hallen en una posición de responsabilidad internacional no se ciñan a las pretensiones de quienes pretenden dotar de legitimidad al régimen iraní y denuncien sin ningún género de ambages las violaciones de los derechos humanos que se cometen al amparo de quienes, desde la Revolución Islámica, han gobernado siempre bajo distintas personalidades.
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Etiquetas: Irán, Islam, Política Internacional
lunes 8 de junio de 2009
Un silencio soberano

Las elecciones europeas se han saldado con el estruendoso batacazo del socialismo a este lado del Atlántico. Pero han dejado todavía un cierto margen de confianza al PSOE, que sólo ha perdido cuatro escaños con respecto a las elecciones de 2004 y una distancia no insalvable con el PP, sesgada además por la tradicional abstención de estos comicios. Además se ha consolidado el apoyo al PP en la Comunidad Valenciana y Murcia, a pesar de la campaña de los tribunales, al mismo tiempo que UPyD comienza a pisarle los talones a IU, aspirando a convertirse en la tercera fuerza política. Nos llega también la buena noticia de que Iniciativa Internacionalista, la candidatura de ETA, no ha obtenido representación parlamentaria.
Llama la atención la facilidad con la que quienes se jugaban algo en estas elecciones se han lanzado a hacer lecturas precipitadas. Así Mariano Rajoy deduce que su victoria por la mínima supone «el aval de los españoles a la estrategia del Congreso de Valencia». Así Leire Pajín considera que el PSOE «se mantiene» cuando no sabemos lo que podrá pasar dentro de tres años, si muchos socialistas decidirán quedarse en casa porque Rajoy no les inspira tanto pánico o preferirán acudir en masa a las urnas a avalar la pésima gestión de la crisis. El tiempo y los acontecimientos lo demostrarán. De lo que no hay duda es de que, a menudo, los votos no reflejan la confianza de los ciudadanos, sino la necesidad de retirar el poder a quienes no lo manejan como los votantes quieren.
En cualquier caso, sí que conviene hacer una lectura de la alta abstención que ha habido en estas lecciones. Las elecciones de 2004, con las que este año casi se ha empatado, fueron en las que menor número de ciudadanos decidió votar: un 45’14% participó entonces, un 46% ahora. Cabe pensar si esa actitud corresponde íntegramente a la tradicional indiferencia, o por el contrario, ha aumentado la desconfianza en la legitimidad de las instituciones europeas, a las que se ha tratado de dotar de más carácter democrático, pero que en el fondo siguen careciendo de él porque lo que importa a los gobernantes es construir la Europa que ellos quieren, aún al margen de los ciudadanos. Es obvio que la abstención no será tenida en cuenta y no lanza ningún mensaje a los políticos salvo que se les deja hacer lo que les dé la gana; no obstante, sí tiene efectos prácticos. Al contrario que el voto en blanco, que en el reparto de escaños favorece a los partidos mayoritarios –lo cual manifiesta también la indiferencia–, la abstención dirigida a castigar a PP y PSOE sólo beneficia a los partidos minoritarios, que en su mayoría son nacionalistas, folclóricos o antisistema. Cabe resolver entonces que, en democracia, por más que se pretenda, no es posible desaparecer del censo electoral y el mensaje que desea transmitir cada uno quedará siempre difuminado en un cúmulo de votos o, incluso, de no-votos.
No obstante, también es verdad que los dos principales partidos políticos no han recogido el sentir de su electorado con respecto a Europa. Antes se escudan en un elitismo corporativista que consiste en tomar a la mayoría de los ciudadanos por idiotas. No han explicado Europa porque ellos mismos no creen que Europa sea lo determinante. No se puede por tanto convencer a los ciudadanos de lo que ellos ya tratan de cuestión banal. Falsean, además, la realidad cuando conociendo que los ciudadanos optan muy comúnmente por el voto negativo o el voto útil, utilizan los resultados de unas elecciones para afirmar categóricamente que tantos millones de personas les han dado su confianza o que categóricamente tantos millones de personas todavía no han comprendido Europa. Denotan, como mínimo, una enorme falta de ética.
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Etiquetas: Elecciones, Europa
viernes 5 de junio de 2009
Un error histórico

El aparatoso discurso de Barack Obama en la Universidad de El Cairo ha desatado la euforia de los medios de comunicación. La aparente ruptura con la política exterior de la Administración de George Bush convertiría este acontecimiento en el primer paso para la reconciliación entre Estados Unidos y el mundo musulmán, la materialización política del final del llamado choque de civilizaciones que inmortalizó Samuel Huntington. De manera que Estados Unidos abandonaría supuestamente la respuesta neoconservadora al terrorismo y se sumaría, al menos de soslayo, a iniciativas como la Alianza de Civilizaciones de Zapatero.
Al margen del desliz de situar la Inquisición Española en tiempos del Califato de Córdoba, el mayor error histórico que ha cometido Barack Obama ha sido explotar la idea sesgada de que la anterior Administración estaba enemistada con el Islam. Es obvio que durante el Gobierno de Bush se apoyaron a los gobiernos de países como Arabia Saudí, Pakistán o el propio Egipto, al mismo tiempo que en su interior se quebrantaban los Derechos Humanos. Luego no cabe pensar que George Bush estaba enfrentado con el Islam moderado, ni con el mundo musulmán, sino que el odio hacia el Islam es una respuesta natural de los ciudadanos occidentales ante unos fundamentalistas que asesinaron miles de personas en nombre de Alá. Manejando este discurso disparatado, que es el lamento victimista de muchos musulmanes para pedir una discriminación positiva en los países occidentales, Obama enfoca sus esfuerzos en hacer una pedagogía moral cuyos efectos directos sobre los gobiernos de países musulmanes son nulos.
Aunque Obama ha aumentado las tropas en Afganistán y ha prometido atacar Irán en caso de que consiguieran el arma nuclear, no cabe pensar que el modo más idóneo de favorecer la libertad en los países musulmanes sea fomentar el diálogo interreligioso e intercultural. El mérito occidental de la separación entre Iglesia y Estado se logró en Europa gracias a la ruptura con el Antiguo Régimen y la desmitificación de la religión. No puede creerse que en los países musulmanes vaya a ser fruto de la mera evolución, aunque se les transfieran fondos para carreteras y hospitales. Sucede que en el mundo musulmán, ni siquiera en el más técnicamente avanzado, se ha creado el clima social idóneo para garantizar los derechos humanos más allá de las prescripciones religiosas. Todo lo contrario de lo que ha sucedido en la cultura cristiana.
El modelo para el mundo musulmán no debe ser, de ningún modo, Al-Andalus. Tampoco la creación de dos estados es la solución definitiva al conflicto entre Israel y los palestinos. Es obvio que ha habido mucha voluntad y ninguna posibilidad de que se cree ese hipotético estado, pues como ya se ha demostrado durante el dominio de Hamas sobre la Franja de Gaza al islamismo radical no le interesa el bienestar de sus ciudadanos, como tampoco Al-Fatah es capaz de mantener a raya al terrorismo. No es un Estado, lo que quieren, sino el completo dominio sobre una tierra en la que su enemigo no tiene derecho a existir. Con esta parte del mundo musulmán no debe haber diálogo ninguno. Como ya señalaba el ayatolá Alí Jamenei, refiriéndose a Oriente Próximo, antes de que Obama pronunciara siquiera la primera palabra de su discurso, “la región odia a América”. El Presidente de Estados Unidos debe saber, por tanto, que su misión no consiste en explotar el sentimiento de culpa norteamericano y esforzarse en rebuscar las virtudes de un islam moderado que, fomente o no el terrorismo, no tiene un interés particular en hablar de moral, sino buscar reconocimientos y prebendas para mantener su estatus dictatorial. El cometido de Obama, antes que hablar a extraños de lo que no comprenden, debe ser la defensa de sus ciudadanos y el apoyo a sus aliados.
Publicado por Samuel a las 22:37 1 cartas al director
Etiquetas: EEUU, Islam, Política Internacional





