La deshonra
Uno ya no espera nada de un Gobierno que cedió al chantaje terrorista nada más ganar unas elecciones y retiró las tropas de Irak, y que negoció con ETA cometiendo la más estruendosa sarta de mezquindades. Lo raro, en este caso, sería que hubiesen lanzado una operación militar heroica que pusiese a salvo a los marineros del Alakrana y diese una lección a esos guardacostas tan simpáticos. Pero incluso en el supuesto de que aceptasen pagar el rescate para liberar a los secuestrados, lo que todavía uno se pregunta es dónde queda el sentido del honor (de los españoles) y, sobre todo, si de verdad existe alguien tan estúpido que piense que la manera de defenderse de los piratas consiste pagarles una buena suma para que puedan retirarse y abandonar felizmente la piratería.
La noticia del último día es que una panda de forajidos ha tomado el pelo al Gobierno de España, haciéndole creer que habían bajado a unos marineros a tierra cuando todo se trataba de un sucio embuste para presionar al Estado. ¿Qué clase de vigilancia ejercían los servicios secretos españoles, como para aceptar sin más el bulo de que los habían bajado a tierra? ¿Acostumbra el Gobierno a dar por buena la palabra de unos secuestradores sin escrúpulos, sin cerciorarse de cuáles son las condiciones en las que se encuentran los secuestrados? ¿No decían que estaba todo bajo control y los seguían de cerca? Es evidente, en este trueque, quién ha operado con ventaja, quién se ha plegado a las condiciones de quién y, en definitiva, quién ha salido perdiendo.
Hemos comprado la libertad de los pescadores, sí, pero al precio de nuestra vergüenza y una insana demostración de debilidad que coloca a los demás pesqueros españoles en una situación muy peligrosa. El hecho de que salgan ilesos es sin duda una buena noticia, pero no la manera en que se les ha liberado. Dicho así, ahora el gobierno está obligado a actuar con determinación si no quiere que un grupo de piratas, que no son guardacostas voluntarios, sino vulgares criminales, sigan matando españoles allí donde los encuentren. Se defienda o no la seguridad privada para este tipo de casos, desde el momento en que el Gobierno se presta al pago de un rescate la cuestión se convierte en un asunto de Estado. Y en este asunto, como viene siendo habitual, Zapatero ha obrado de manera indigna y deshonrosa.



